A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Tristeza.

La mas absoluta oscuridad se adueño del local, solo un circulo luminoso en el centro del escenario daba cobijo al humo del tabaco que adoptaba formas caprichosas. Él vestido de negro se situó en el centro, llevaba una silla y un bandoneón, con un rictus que quiso ser amable tomo asiento y comenzó a cantar, con maestría arrancaba las más dulces notas de su instrumento, este se extendía, se comprimía, danzaba entre los brazos como si de una invisible pareja de baile del cantante se tratara.
La sala se fue inundando de notas, una invisible pizarra donde se iban colgando las letras de la canción. Parecía que notas y palabras, sonidos al fin y al cabo fueran de la mano, se unieran, se rechazaran a veces.
Aquel bandoneón pareció cobrar vida. De la alegría paso a reír con carcajadas, simulo ese instante, esa música que acompañan a los besos entre seres que se aman. Pasó a través de la nostalgia y la melancolía a un canto triste. El intérprete intentaba dominarlo, pero como tantas veces se rindió a la belleza de sus notas,
El publico, se estremeció ante aquel torrente de sentimientos y canción tras canción dibujo sonrisas, trajo recuerdos y sus corazones uno tras otro fueron latiendo al ritmo de sus movimientos.
Solo él, allí bañado por aquella luz blanca sabía el secreto, allí encerrado en su invisible cárcel se rindió a su destino. Ni los aplausos, ni los besos de las damas entusiasmadas le complacían, ni siquiera las rosas sobre el escenario. Se inclino saludando y fue en silencio de vuelta a su camerino. Las toallitas fueron disolviendo la mascara, tras ella fueron surgiendo las arrugas que la vida, los malos amaneceres, y sobretodo la soledad lo talló a fuerza de golpes Buscó, intento por todos los medios encontrar una sonrisa, una mueca de tristeza….nada, ¡Dios mío como envidiaba esas lágrimas! Ni se acordaba cuando las sintió por última vez sobre su cara.
¿Si pudiera dar vuelta atrás al reloj!. Maldijo una y otra vez su destino, se maldijo a si mismo y después al final como cada noche, miro su bandoneón y con delicadeza lo guardo en su estuche, con una leve caricia, la oscuridad del callejón trasero lo engulló con avidez camino de cualquier parte.
……Me contó una vez un músico borracho en una taberna del puerto que un joven compositor, hizo un pacto con el diablo, se fabrico un instrumento y puso en el todo el amor de su amada. A toda costa quería ganar éxito. Afino sus notas como ella cantaba, copio sus sonidos, la gracia de sus brazos, tanto la igualo que parecía un corazón el que tomaba vida en sus manos, cuando lo termino era tal la belleza del instrumento y su música, que lloro.
Entonces apareció el diablo y le exigió su precio……a cambio de tu éxito, a cambio de esta belleza, quiero tus lágrimas. – Vale de acuerdo contesto él con rapidez, ¡quién quiere llorar en estos momentos, dijo para sí! Quédatelas y se despidió aprisa. Pasaron los años fortuna, riqueza, el éxito le rodeo por doquier….y volvió…una tarde a buscarla…..a entregarle todo. Y no la hallo. Murió dijeron unos, se consumió, dijeron otros se apago como una vela poco a poco, como si le hubieran quitado el corazón, aclaro su madre. Fue un dolor intenso, pero no lloro, en realidad no sintió nada. Desandó los pasos, de aquí para allá fue llevando sus canciones.

Dicen que noche tras noche el bandoneón parece que cobra vida y aprisiona los dedos de aquel hombre, le susurra bajito sus canciones, le habla, le hace reír, acaricia sus manos, le habla de aquel amor. ¡Cuanto daría por verla, por tenerla, por abrazarla, por oír su voz!. A solas otra vez, le invade esa inmensa tristeza que se vuelve infinita en su garganta sin el descanso de unas lágrimas.

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