A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La espera.



A él le encantaba este instante, le encontraba un cierto sabor a misterio, a ternura, a ese placer de degustar un momento, sabiendo el final de la escena, tantas veces vivida. Ella estaría ante el espejo ordenando su pelo, retocando con el perfilador sus labios, mirando con duda el contorno de su cintura. En un momento entraría al dormitorio con una mirada anhelante, miraría sus ojos y sabría si seguiría gustándole. Mientras, él ha colgado perfectamente su ropa, la luz ni poca ni mucha, lo justo para tener una sensación acogedora. Paso su mano abierta por su cara, bien, nada de barba, el perfume discreto como a ella le gusta, no deshizo la cama porque suena a rutina y adoptó una postura sentado como si cualquier cosa.

Pero de eso nada, después de tantos años aun le emocionaba este momento, lo mismo que tras hacer el amor le gustara aquel otro, cuando aun entrelazados, repasa el contorno de su cara con la punta de los dedos, como hacen los ciegos cuando quieren grabar una imagen en su mente, la nariz, sus cejas, el cuello, su seno. Pero sin dejar de mirar su mirada. Ese tiempo tan parecido al despertar, en el que se necesita volver con mimo al mundo, bajando despacio del cielo.

Cuando el amor no solo se siente, sino que se palpa en mil cosas, cuando se acompaña aun de enamoramiento, nuestra mente tiene de forma natural un difuminador de imperfecciones. Carecen de importancia y todo se desvanece ante un contoneo de caderas, ante una sonrisa, ante esa sensación de triunfo que se agranda, pareja al tamaño de las pupilas de él.

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