A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

jueves, 29 de abril de 2010

Cuento

El galeno volteo su cabeza con pesar mientras sostenía la muñeca del chico con su mano, en la otra un pesado reloj de bolsillo marcó el pulso del corazón del chico. “Lo siento dijo es todo lo que la ciencia puede hacer ya”, le voy a recetar una cataplasma refrescante como alivio. La madre encogió sus hombros bajo el chal, tapándose su cara entre las manos, la abuela en un descuido deslizó una tijera abierta y un ajo troceado bajo el colchón, eficaz remedio para el mal de ojo. El padre un hombretón rudo lanzo un puntapié al perro que se largo aullando. Fueron todos a la cocina a preparar el remedio, el chico siguió inmóvil con los ojos abiertos, la mirada fija en la ventana que se asomaba al acantilado.
Despidieron al médico a la puerta de la cabaña, éste tomo de las riendas su caballo, colgó su viejo maletín en el pomo de su silla y se dispuso a bajar a la aldea. Anduvo un trecho aspirando la brisa de la tarde, “Diablo de chico, que le habrá pasado” pensó el matasanos. El camino atravesaba un huerto y allí columpiándose en una larga soga estaba una niña,
- “Se pondrá bien el hermano, le preguntó la joven”.
- “No sabría decirte, para ello deberíamos primero averiguar qué le pasa”.
- “La culpa es de ella, yo lo se”.
- “A quien te refieres, respondió el médico”.
- “A aquella niña, la hija del capitán del barco que zarpó la pasada semana, ella le mandó una carta”.
- “Y que decía esa carta”.
- “No se, cosas, no me dejó leerla, la tiene en una cajita bajo su cama”.

Con un carraspeo ató el jamelgo a la cerca y volvió sobre sus pasos, entró sin llamar y se dirigió a la cama inclinándose tanteo bajo ella, extrajo una cajita de madera. Dentro un papel muy doblado. Isabel firmaba la carta, le hablaba de Barcelona, una gran ciudad, el puerto enorme, de los coches de caballos, de las luces, de una cosa enorme con fieras que llamaban Circo…..que era el chico más simpático, que había conocido en ningún puerto y que si un día quería ir con ella, que pusiera un farol en la ventana.

Los padres y la abuela asistieron en silencio a la irrupción del médico. Éste volvió a dejar la caja y su contenido en su sitio. Tomó la cabeza del chico en sus manos, lo miro a los ojos y dijo,
- “Pondremos una luz en esa ventana no crees”.
- “ Doctor que le sucede a mi hijo”
- “Un cólico, nada más, pero le atacó a la mente, nada grave, déle un tazón de leche con migas de pan y a dormir”.
Al salir miró a la abuela, “Señora cuidado con la tijera y quite el ajo ese”. Y mirando a todos añadió, no dejen que se apague esa lámpara. El chico esbozó una sonrisa y se quedó dormido mirando aquel farol.


2 comentarios:

Almadona dijo...

En cierta manera, todos tenemos ese farol, y también de algún modo pueden ponerte el ajo y las tijeras bajo tu colchón sin que te des cuenta, pero el alma no atiende a esas razones y enferma sin luz.

Precioso Capitán, has conseguido en pocos párrafos narrar muchas cosas a la vez, sobre todo esa sensación de ausencia...

Mara dijo...

La luz en la ventana. Todo un símbolo para finales de abril.

Un cuento muy bonito con aire a Wenceslao.

Gracias por compartirlo.

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