A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Nosotros y ellas. Charlas y soliloquios con mi contramaestre Reginald Abercrombie..


Y en este tema yo pensé."Que tú y yo seamos diferentes lo supe desde un primer momento". Fue un día en que te tire mi pelota y tu con una sonrisa me la devolviste, tras lo cual seguiste absorta en tus pensamientos, pensé que no querrías jugar conmigo, pero después supe que estabas de viaje en tu mente. Tampoco entendía eso de cantar a todas horas o de llorar sin que nadie te pegara. Hasta más tarde no comprendí que no llevaras tus rodillas desolladas como yo, claro que yo subía a todas las ventanas, me arrastraba por el suelo, me deslizaba por cualquier pendiente y además subía a lo más alto de las moreras de mi calle. Tampoco tuve una melena tan suave como la tuya. Hoy te confieso que en la cola del colegio te la acariciaba. Un día fui a tu casa y le pedí tu mano a tu padre, que en camiseta ojeaba un periódico deportivo. Me oteo por encima del papel y solo emitió una carcajada, yo me di la vuelta rojo de indignación y salí de allí, nada había sucedido como en la película que tenía ensayada. De cerca y lejos nos seguimos viendo en la vida, unas veces tenías el pelo largo, corto, rubio, castaño, eras la misma y muchas otras a la vez, pero seguíamos siendo distintos.
Una francesa (se los juro) una tarde de verano me impartió un curso acelerado teórico practico sobre diferencias y compenetrabilidad ajustada de las diferencias chico-chica. Durante varios años pulse replay un millón de veces para sacarle jugo al curso. Lo primera ventaja fue comprender (por fin) el significado de la palabra Concupiscencia, término que un jesuita táviro y enclenque nos repetía todos los meses de febrero en la penumbra de un salón de actos. Aquella joven como un Sarasate inspirado, me tomo entre sus dedos, sus manos, su boca y algunas zonas más y me demostró que los hombres tenemos a cierta edad, algunas partes de nuestro cuerpo son autónomas por naturaleza.
En este feliz estado transcurrieron algunos años intentando de forma altruista compartir aquellos conocimientos. Ya fuera por el idioma (francés) o mi falta de pedagogía, casi siempre quedamos en la parte teórica. Los cambios sociales y políticos aparte de un matrimonio terminaron con la parte práctica, fuimos a escuelas diferentes. Así que como el resto de la peña masculina el tema del francés pasó a la barra del bar a partir de la cuarta copa, ocasión magnifica que tenemos los hombres para intercambio de información imaginaria (I+I+I).
Casi una generación más tarde mi país y yo habíamos cambiado. Una tarde sentado y absorto tras una vidriera una chica me arrojo su pelota y sin palabras leí en sus ojos ¿juegas?. A todo, respondí.
En algún lado, quizás Google, encontré las diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres, por aquello del sexo, de las emociones, del lenguaje y un largo etcétera de cosas. Esto es como cuando después de haber probado un plato exquisito te detallan la receta. Gracias a Dios pienso ahora, somos diferentes y qué?.
Somos simplemente actores en una obra de teatro. Durante esa larguísima escena de vivir vamos cambiando de personajes y vestimentas, pero en un determinado momento nos encontramos de frente y una frase tira de otra y de otra.
Tienes un pelo precioso, una sonrisa siempre dispuesta, unos labios regordetes, de estatura lo justo para un beso en tu boca. Lo encantador es esa conversación perenne que desde aquel día fluye casi sin notarse. Aprendí el idioma ese de estar en silencio, las mil y una tonalidades de las palabras y colores. Tú que también tenías partes autónomas, solo que (como no iba a ser menos) el interruptor esta en otro lugar, no recuerdo si era a la derecha, la izquierda, arriba………”Jesús, siempre tan analítico, no se como te aguanto”…….(dice ella).
Reginald asintió, "opino lo mismo Capitán".

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