A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

miércoles, 23 de febrero de 2011

El "Tiznao chico".




El “Tiznao chico” le decían los del pueblo, Eulogio le puso su padre en la pila. Tiznao porque su padre hacía carbón con los restos de la poda del olivar y la viña. Miró mientras sorbía la sopa, por encima del quinqué a Carmencita su mujer y a sus dos hijos. Los pequeños iban a lo suyo, reírse tapándose la cara y por debajo la mesa dándose pataditas. Miraban a sus padres con una mezcla de respeto y distancia. Su madre y la escuela era todo su mundo, bueno eso y los conejos o la vaca a la que sacaban cada mañana del establo para llevarla al prado. Carmen para ellos era también el orden, el calor, los bizcochos, las regañinas por las tareas inacabadas. Una extensión de su casa. Su padre era distinto. Nunca lo veían irse de madrugada entre dos luces. Al principio Carmen se levantaba y le preparaba café, después de los partos y el trajín estaba demasiado cansada, lo dejo de hacer y era el propio Eulogio quien lo hacía. En cambio lo escuchaban llegar a la tarde. Silencioso, echaba pié a tierra de la mula, le quitaba el aparejo con parsimonia, después la llevaba al abrevadero y la entraba en el establo. Ya en casa, el ritual de lavarse lo brazos, la cara y ponerse una camisa blanca limpia.
Eulogio se sentaba en una silla baja a la puerta y tan despacio como el sol tarda su tiempo, antes de irse camino de América preparaba su cigarro. Su madre y su padre entre cambiaban monosílabos. Ella miraba sus botas, su pantalón, imaginando el trabajo que le quedaba aun, el miraba el horizonte tras todo un día mirando al suelo.
De joven el “tiznao chico” fue un torbellino, jovial, chistoso decían y bailarín. Trajo a las mozas del pueblo loquitas antes de emparejarse con la Carmen. Ocho años de noviazgo, dos de “pretendiente” en que podías acompañarla a pasear, cuatro ya de novios una vez que habló con su padre, aunque por ello, solo tuvo acceso a su puerta o la reja de una ventana baja, por fin los dos últimos se prometieron y comenzaron a comprar su ajuar. Entonces fue aceptado a la mesa. En aquella reja hablaron todo lo que hablarían en toda su existencia. Entre gitanillas y claveles vieron miles de lunas y estrellas….y qué palabritas tenia este Eulogio que a Carmen le encendían las mejillas.
Ni los dos partos, ni la estrecheces económicas le hicieron mella, aun en esas tardes cuando sube la marea y se levanta esa brisa de poniente, vuelven a encenderse sus mejillas, mientras él arrima lumbre a la punta de su cigarro, ella mira ese horizonte en los ojos del “tiznao” donde, a pesar de sus silencios siguen intactas la reja, los claveles y aquellas miles de estrellas

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