A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

miércoles, 6 de julio de 2011

El ámbar de la memoria


Con solo verle virar a la salida del puerto Abercrombie sabía sin ni siquiera mirarle, dónde iban. Smith de cuando en vez buceaba en el ámbar de su memoria. Sentía esa necesidad imperiosa de volver allí. Soplaba un levante suave, aunque ardiente. En el mediterráneo a este viento cálido le llamaba terral, como canta Serrat en su balada, solo que allí es poniente.
Smith abrió velas una a cada lado y como una gaviota nos dejamos llevar. Es un trecho corto, la boya de Montijo, es una cardinal norte y limita la entrada al estuario por ese rumbo. Como siempre largara el ancla y sestearemos un rato. Él se sentara ensimismado mirando al sol mientras sumerge la palma de su mano en el agua.
Me contó una vez que no le importaría que tiráramos sus cenizas aquí, ya que aquí decidió enterrar una parte suya. Después ya no habló más de aquello. Tampoco yo le pregunto, mientras el mira la puesta de sol yo largo un aparejo de pesca y me entretengo en ganar algo para nuestra cena. Smith entorna los ojos y yo sé que es entonces cuando acaricia el libro de sus recuerdos, el de ella. Nunca supe quien fue. Los hombres tenemos todos un pequeño reducto en nuestra mente, un desván donde escondemos tarde o temprano el corazón. Creo que no venimos al mundo preparados para gestionarlo como las mujeres, ellas hablan, charlan, pregonan esto y aquello. Lo exponen todo a la luz del día, sufren, ríen, lloran, no les importa digo yo. Nosotros no traemos libro de instrucciones. Por eso lo guardamos para poder sobrevivir. Luego nos hacemos los despistados, los faltos de emociones, unos patanes sentimentales. Quizás hasta nos extralimitamos. Pero entiendo a Smith, puede que lo pasara tan mal que dijo basta. ¿Por qué Montijo? Nunca me lo dijo.
Ahí está mirando a poniente, la mano hundida en el agua como queriendo tocar…..acariciarla con la punta de sus dedos. Sé que aun sigue tan enamorado como entonces y es su manera de seguir viviendo.
El sol ya se ha puesto y con los arreboles de un cielo de verano jalo la escota de la mayor y coloco ambas velas a estribor, arranca el barco suavemente, se desliza con garbo y vira como esa gaviota rumbo a casa.

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