sábado, 30 de julio de 2011

Vainilla y a canela.





Son los sabores que me vienen a la memoria al ver el vuelo de su pelo o ante la cercanía de un beso suyo. Se llena el aire de silencio y el mundo se para un instante, el necesario para bañarme en una de sus miradas. Se adormece entonces mi piel como si un millón de plumas me envolviera. Solo es un segundo pero podría hablar de él todo el día.
Y me pregunto por qué en su presencia y más aún en su ausencia, vienen estas imágenes a mis manos e intento devolvérselas en una carta. Creo que mi mente guarda sus palabras como no queriendo molestar en el momento, romper el silencio callado y luego como un torrente se vuelve charlatana. Otras veces pienso que es ella y no yo quien escribe, que no soy más que un intermediario, el cliché que solo tiene el mérito de atrapar su voz y su imagen.
Quedo callado ante esa belleza, mientras, me envuelve un olor a vainilla y a canela.

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