A bordo.

Todo lo que usted puede leer es fruto de la imaginación , mía y de muchas personas qúé un dia me contaron.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El día que dejé de ser transparente.


Nos sentamos alrededor de la mesa conforme fuimos llegando al restaurante. La visión de la ciudad nos dejó a todos impresionados  por la belleza de fuera. Es curioso como la vida puede cambiar en sólo unos momentos. Se trataba de uno de estos encuentros prenavideños en que tras algunas palabritas del organizador intentaríamos pasar un buen rato. Lo primero que percibí de ella fue su perfume y ese roce que emiten las medias al cruzarse dos piernas de mujer. Lo siguiente fue un par de ojos y una sonrisa envuelta en unos labios perfectos. Sin embargo no eran estos dos detalles suyos los que cambió mi vida, fue su mirada.
¿Alguna vez se han sentido transparentes?, me refiero a que no le presten atención ya sea a su físico,  a su conversación, mucho menos a que usted inspire cualquier tipo de interés por falta de atractivo. Si, transparente. Más concretamente atractivo o deseado como hombre a los ojos de una mujer en concreto, imagino que al revés a las mujeres les pasará igual, reducir el planeta a la opinión de un solo ser y llegar a creerlo
Pues ella no miraba ni mis ojos, ni mi nariz, ni la corbata. Me miraba desde el fondo de aquellos dos ojazos, como hombre, en ese momento cambio mi vida, quiero decir esa sensación física y emocional que es volver a sentirte vivo.
El resto fue  curioso, mi amigo que estaba sentado al lado me recordó despues que ni puse atención al organizador, ni a nadie. Como si ella y yo, ambos, nos hubiéramos ausentados. 
Pero no, estábamos allí y hablamos sin parar, de todo, con lo que me encanta hablar y no les digo  a ella, de todos los temas en que curiosamente coincidimos. Nos miramos sin descanso, dando un repaso  minucioso a todo lo visible de nosotros dos. Yo recoloqué mi  chaqueta,  ella se desabrochó un botón de su camisa, llene su copa varias veces y ella la mía, nos rozamos la punta de los dedos al recoger una servilleta que oportunamente  quiso caer e inclinados  bajo la mesa dimos una carcajada ante lo evidente para el ciento de personas que allí estaban. 
No miento si les digo que hacían muchos años que no me miraba así una mujer. Con interés. Cada aspecto mío que le agradaba fue premiado con una sonrisa de sus ojos. Es curioso, no hace falta que te echen un piropo ni cumplido, basta con ese tipo de mirada, lo mismo que no es preciso decir "te quiero" cuando se demuestra a diario. Pasa que en mi vida hace años que carecía  de ambas cosas. Y si creen que la historia termina en la cama de una casa u hotel, se equivocan. Quizás otro día, quizás con otra persona. Lo que si es cierto es que será con otro yo. 
Nos despedimos allí en el restaurante.  Un par de besos muy lentos, a pocos centímetros, un irse sobre sus tacones con la seguridad que la estaba mirando y pensando que yo la deseaba y en ese último instante antes de salir, volverse, pararse sobre sus piernas enfundadas en aquellas medias negras , adelantar sus caderas y decir "yo también" con sus ojos, sólo para mí. 
Ha sido mi regalo de Navidad. La vida se abre de par en par, mañana no será igual, porque ya hoy soy distinto. Me vi en su rostro y estos años de no ser nadie terminaron . Qué maravilloso llega a ser el poder de la seducción  en el instante justo, hacerte sentir distinto, ¿otra persona? no, eres tú mismo, el de siempre, pero te ve otra persona. 
No he contado nada de su pelo, ni de su vestido, ni de su figura. Ella si supo leer mi opinión,  lo respiró  desde mis palabras, lo tradujo cuando acerque mi silla un poco más, por el inquieto trabajo de sujetar mis ojos deseando resbalar desde su cuello. Si volviera a verla, cosa que no me extraña, lo notarán en mi escritura. 

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