jueves, 12 de julio de 2018

Tortilla de papas.



Hay días,  momentos,  épocas enteras en que una tortilla de papas a medio cuajar, que es como a mi me gusta, es mi mayor afrodisíaco,  mi mejor premio, mi olor y sabor de hogar. Es esa época que como las golondrinas vuelo a ras de suelo, cuando me siento prosaico, nada de cosas elevadas, ni románticona.  Tortilla de papas, croquetas, lentejas, pero hechas con amor. También me aburre el romantiqueo y el comecocos de la luna, que si es azul, roja, blanca o entre Pinto y Valdemoros. 
Además me resulta imposible, me siento incapaz de escribir salvo de lo cotidiano, del día a día,  añado que por fin mis días son previsibles y bastantes parecidos, agradables, exentos de problemáticas vanas, vivo con gente normalita, buenas personas, de las de sonrisa ancha y franca. Me encanta observar ese desparpajo que en las de cincuenta se está extendiendo, resueltas a vivir, a no dejar pasar otro día sin apurarlo, van del pilates a la tertulia, a la presentación de un libro o a oír esa joven orquesta recién fundada en el pueblo. Dejaron hace tiempo al cura párroco con su rosario desierto y ahora dejan a sus maridos acobardados en sus casas con el mando a distancia que no manda nada de nada. Las saludo con una sonrisa y ellas me devuelven otra adornada con algún disparo verbal sobre lo de vivir solo. 
Nuevos tiempos, comida sana y natural, relaciones sanas y naturales. Hay tantas recetas de tortillas como habitantes en este país y tantas formas de vivir los días como queramos vivir los.  Lo dicho, prefiero lo sencillo cada día más. 
  

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