Confidencias.


Lo mejor muchas veces no es saber hablar, es saber escuchar sobretodo frente a esa mujer que te gusta. Después de muchos años se encuentra cómoda,  con ganas de hablar de ella misma. Lo curioso es la imagen de sí misma que cuenta que no se corresponde con lo que es en realidad. Debe ser el síndrome de Estocolmo ese que dicen, que terminas por creerte lo que te dicen los más cercanos, en este caso su marido o quizás lo que no le dice. Da igual el género y sexo, nos creemos a pié juntillas las opiniones de aquellos de quienes no estamos desenamorando, opiniones que obviamente pueden ser muy ciertas, porque año tras año vamos cambiando en peso y arrugas sobretodo, pero en lo que más se cambia es en ese filtro óptico que es el enamoramiento. Recuperamos la visión de la realidad y el sentido común cuando desaparece el hechizo del amor. 
Y es por eso también que aquella persona nueva que se añade a tu vida te vea como eres, pero eres encantadora porque su visión parte de cero nuevamente, ese es el encanto. No rejuveneces pero vuelves a ser la novedad para otra persona. Tus ojos son brillantes de nuevo porque ves en los ojos del otro u otra que le gustas, tu espalda se vuelve recta para dejar ver tus senos porque has notado que los mira con deseo y agrado, a quien no le gusta volver a sentirse deseado y no usado simplemente porque estas a mano en la cama. Valorar es la palabra, debemos hacernos valer, no hay que regalar nada, solo se desea lo que no se tiene. 
Sin darnos cuenta estamos tomando café y en un determinado momento se rozaron nuestros dedos y le cogí su mano, brevemente, simplemente para decirle que la entendía, pero también para aclararle que es muy bonita, que su cuerpo es perfecto, que estar a su lado es un privilegio. Me fui agradablemente después  contento y solo para mi casa pensando que todos somos náufragos en cualquier momento en este mundo tan sin sentido. 


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